Las montañas de Anaga nos hicieron sentir como si estuviéramos en medio del bosque de «Caperucita Roja», de los hermanos Grimm, por la forma de los árboles del bosque de laurisilva. En otra ocasión, nos encontramos en un pequeño pueblo aislado que se extendía por las laderas montañosas cubiertas de vegetación perenne y que parecía casi una antigua civilización maya.
Ocurrió justo después de que nos rodearan las gotas de agua que surgían de las fuertes olas del océano Atlántico, al chocar contra las gigantescas rocas de la costa norte de la isla. Y todo esto tras ver solo una pequeña parte de esta cadena montañosa.
Montañas de Anaga: caminando entre las nubes
Las carreteras son excepcionales allí, al igual que la historia. La diversión empieza cuando te adentras por los senderos y subes esas montañas. La Sierra de Anaga alcanza los 600 m sobre el nivel del mar en sus puntos más altos, así que pensamos que no sería un gran reto caminar unas horas, incluso aunque las condiciones meteorológicas no fueran óptimas. Encontramos algunas rutas de senderismo en una app y nos equipamos bien con botas de montaña y chubasqueros.
Empezamos en un lugar llamado Vega de la Mercedes, que, al principio, parecía un bosque europeo cualquiera. Sin embargo, cuanto más nos adentraba el camino en las montañas, más árboles con formas fantásticas aparecían ante nuestros ojos. Los troncos curvados y las ramas caídas daban la impresión de tener milenios de antigüedad. En un momento dado, nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de niebla, justo después de oír el viento en las copas de los árboles y de estar bajo la luz del sol. No era niebla: ¡estábamos caminando entre las nubes! Nico quedó tan fascinado por esta revelación natural que pasamos casi una hora solo haciendo fotos de los senderos que aparecían y desaparecían entre las nubes.
Descubríamos nuevos tipos de bosques cada hora, nuevas vistas de las montañas y nuevas plantas. Sin embargo, la adrenalina nos subía no solo por la naturaleza, sino también por algunos percances en el camino. Bajar o subir por senderos empinados a veces es complicado, si el suelo está constantemente mojado.
En un momento dado, se nos ocurrió la «brillante» idea de acortar el camino de bajada al pueblo, donde habíamos dejado el coche, y tomamos un atajo que nos sugirió nuestra app. No recordamos haber bajado nunca en nuestra vida por una pendiente más empinada que esta: tuvimos que bajar usando las piernas y las manos. Al final, los dos acabamos deslizándonos hacia abajo con nuestras pesadas mochilas de cámara a cuestas. Por suerte, conseguimos detenernos antes del precipicio y nada del equipo de Nico sufrió daños. La vista hacia abajo nos convenció de volver a subir y tomar un camino bastante largo, pero mucho más seguro.
Tuvimos que reírnos de nosotros mismos cuando llegamos al pueblo, al final del descenso. Parecíamos como si nos hubiéramos dado un baño de barro. Pero lo peor era que estábamos hambrientos después de horas de caminata. Así que, al final, tuvimos que ir a un restaurante de allí y no teníamos un aspecto demasiado, hmm… presentable. A pesar de los caminos complicados, nos sentimos tan animados por la belleza y la diversidad natural de este lugar, que decidimos volver una y otra vez —al menos cuando nos jubilemos.
Benijo/La Roca y el pueblo de Taganana
Otro día, nos entraron ganas de descubrir la parte norte de la Sierra de Anaga. Había un lugar en concreto que Daria quería visitar, llamado «Taganana». Parece un poco como un pueblo de la civilización maya enclavado en montañas siempre verdes. Las paredes de colores vivos de las casas cuadradas contrastaban fuertemente con el verde intenso y el gris de las montañas.
No era solo la impresión de un lugar aislado: era difícil llegar hasta allí. Para ver este pueblo, tuvimos que recorrer una carretera casi totalmente de montaña tan sinuosa que, a veces, giraba 180 grados a la izquierda o a la derecha, varias veces en solo unos pocos kilómetros. Pero mereció la pena. La tranquilidad y la majestuosidad de este lugar nos calmaron los nervios después de ese loco viaje de subidas y bajadas.
Casi detrás de este pueblo estaban la playa de Benijo y La Roca. El lugar con el que Nico soñaba en su visión fotográfica. Es la costa norte de Tenerife. Las laderas de las montañas terminan allí de repente y dominan la playa de arena negra (restos volcánicos). Sin embargo, lo que más nos fascinó fueron las rocas gigantes que emergían del océano ante nuestros ojos, una vez que bajamos las escaleras desde la colina hasta la orilla.
Las enormes olas rompían contra ellas, dejando perlas de agua en el aire. Teníamos que gritar para oírnos el uno al otro por el ruido, y no podíamos imaginar cómo alguien podría nadar aquí… Sin embargo, para Nico, era un paraíso fotográfico y un nuevo reto, ya que nunca antes había hecho tantas fotos desde una costa tan rocosa, donde el agua salpicaba justo delante del objetivo.
Las montañas de Anaga fueron una de las razones por las que nos enamoramos de Tenerife. Esa naturaleza salvaje y ancestral, combinada con las vistas de pueblos pintorescos que recuerdan a antiguas culturas sudamericanas, nos dejaba sin aliento cada pocos kilómetros que recorríamos en coche o a pie. Las carreteras de la Sierra de Anaga a veces nos provocaban un poco de vértigo, pero también eran toda una aventura. Sin embargo, lo que más nos impactó fue esa sensación de tranquilidad, de estar cerca de la naturaleza y de sus orígenes.


